
Puebla.- Una vez más se ha expresado la aparente paradoja de un poder político muy concentrado y un Estado débil. En lo que va de este año se han registrado 112 asesinatos políticos.
Hay que subrayar el contraste: las fallas del Estado en lo que debería ser su función más elemental, proteger a los ciudadanos, se da en un momento en el que el mismo partido político concentra el poder político: los tres poderes constitucionales (ejecutivo, legislativo y judicial), la mayoría de los gobiernos estatales y ha desactivado a casi todos los organismos constitucionales autónomos que podrían equilibrar su poder.
Entre las víctimas de los asesinos están personas que eran parte del grupo en el poder, como Ximena Guzmán y José Muñoz, cercanos colaborades de la Jefa de Gobierno de la Ciudad de México.
No sé si en esta lamentable contabilidad se cuente el homicidio del abogado David Cohen Sacal, asesinado en la Ciudad Judicial, como queriendo enviar un mensaje.
Mal síntoma cuando en una sociedad los problemas se resuelven con homicidios.
Es claro que un poder concentrado no es sinónimo de un poder eficaz. Este ha sido un tema clásico en la teoría y la filosofía política. Los defensores de la autocracia consideran que la democracia, con su división de poderes, su transparencia, sus balances y contrapesos, es un sistema ineficaz. Que para resolver los problemas sociales se requiere concentrar el poder.
La discusión está viva y tiene actualidad. Pueden presentarse ejemplos y contraejemplos a favor de cada posición. Pero parece claro que la gran lección del siglo XX es que el poder concentrado es capaz de ciertas cosas, resuelve ciertos problemas, pero es inferior a las democracias constitucionales en lograr una solución integral a los problemas sociales.
De esa experiencia surgió el concepto de gobernanza, que recupera la importancia de tres instancias que deben trabajar en armonía para lograr un desarrollo duradero (en lo social, lo político y lo económico): el Estado, el mercado de la economía y la sociedad civil organizada.
Un Estado con una división de poderes bien diseñada, con un mercado adecuadamente regulado, y con organizaciones dinámicas de la sociedad civil, “ve y escucha” mucho más y mejor que un Estado que ha concentrado el poder en un solo grupo.
La concentración del poder suele dar lugar a la política palaciega. El gobernante sólo se entera de lo que quieren decirle sus colaboradores cercanos. La competencia política se da dentro del grupo en el poder, con intrigas, golpes bajos, ¿asesinatos?, que limitan la capacidad de gobernar. En perjuicio de la sociedad, y del gobernante.
Esperemos que pronto el número de homicidios deje de ser el principal dato que día a día revisamos los mexicanos. No convirtamos los homicidios en una estadística más: “al asesinar a una persona, le quitas todo lo que tiene y todo lo que podría llegar a tener; destruyes todo lo que es, y todo lo que podría llegar a ser”. Conviene tener esto claro detrás de cada dato de homicidios.