
Austin.- Mi psicóloga de cabecera cayó enferma con covid y la encerramos en una habitación; entonces se me generó la imagen de que estaba prisionera, y de inmediato me vino a la mente la famosa canción El preso # 9, que en nuestra juventud cantábamos con ánimo, mucho más que una de las intérpretes era la icónica Joan Báez.
Con qué animo cantábamos.
El preso número nueve, ya lo van a confesar
Está encerrado en la celda, con el cura del penal
Y antes del amanecer, la vida le han de quitar
Porque mató a su mujer, y a un amigo desleal.
Todos asentíamos animadamente, era de total justicia asesinar a la pareja infiel.
Dice así al confesar
Los maté, sí señor
Y si vuelvo a nacer
Yo los vuelvo a matar.
Y nos enorgullecía que el preso sin nombre, aceptaba su culpabilidad, era un acto valeroso que justificaba que su odio ilimitado duraría en todas las vidas posibles.
Padre no me arrepiento
Ni me da miedo la eternidad
Yo sé que allá en el cielo
El que juzga nos juzgará
Voy a seguir sus pasos
Voy a buscarla hasta el más allá.
Y como todos los psicópatas, aunque este solamente cometió dos asesinatos, el preso no se arrepentía, él había cumplido con una tarea casi sacrosanta: limpiar con sangre el deshonor, porque no hay más deshonra que ser cornudo. El que juzga lo juzgará, no por matar, que es el primero de los mandamientos, sino por hacer justicia en la tierra a la noción de que la mujer tiene un solo dueño. Hasta ahora el amigo desleal ha quedado fuera de las venganzas interminables.
El preso número nueve, era un hombre muy cabal
Iba en la noche del pueblo, muy contento en su jacal
Pero al mirar a su amor, en brazos de su rival
Ardió en el pecho el rencor, y no se pudo aguantar
Al sonar el clarín, se formó el pelotón.
¿Cómo no íbamos a aceptar que el psicópata en ciernes, que era un “buen” hombre, pasó en dos segundos de contento a rencoroso sin control?
Iban al paredón, solo alcanzó a decir:
Padre no me arrepiento, ni me da miedo la eternidad
Yo sé que allá en el cielo, el que juzga nos juzgará
Voy a seguir sus pasos, voy a buscarla hasta el más allá.
El # 9, sabe muy bien que lo que aprendió en la iglesia se cumpliría: él iría directo al Cielo, como los buenos hombres, como los que habían hecho buenas acciones y ahí tendría la oportunidad de seguirla por toda la eternidad, para matarla y volverla a matar aun estando muerta.
Le comenté a mi psicóloga que esta era una oda la machismo, que nos penetró
subliminalmente la conciencia, porque para los jóvenes no parecía ser especialmente malo.
Ella respondió que así era en aquel entonces, esos valores dominaban; y tiene razón, pero, ¿qué tal si el mensaje todavía estuviera muy adentro de nuestra cultura? Bastó entrar a Youtube para ver el ánimo y la excitación de los que piden la canción.
Pero el principio de: ay de aquel que se atreva a buscar a “nuestra” mujer, y ay de ella que volteara a ver hacia abrazos más efusivos que los nuestros, porque solamente puede tener un solo dueño. Igual que las cabras y los perros.
En nuestra cultura es un principio profundo. Pero no hablemos de los musulmanes, los que tal vez tengan su versión del Preso # 9, ellos cubren a sus mujeres totalmente, para que solamente se les vean los ojos, y ay de aquella que se atreva a salir a la calle sin compañía masculina. Y peor de aquella que goce del sexo que su marido impotente no puede proveer, porque si se salva de ser apedreada, entonces será legítimamente asesinada y él asegurará impunemente en esta tierra su ascenso para encontrarse con su profeta.
No obstante que la oda al machismo ensucia nuestra existencia en muchas culturas y geografía, hay que seguir trabajando duramente para hacerla desaparecer.
Pero seamos justos y aceptemos que el sentido de propiedad también va en sentido contrario, aunque las mujeres parecen tener formas más recatadas de castigar al infiel.