RODRIGUEZ29112024

Leonor Aída Concha Martínez. Una mística feminista en tiempos de incertidumbre
Lídice Ramos Ruiz

Monterrey.- Amanecimos el miércoles 15 de octubre de 2025 en Monterrey con el compromiso de conmemorar el día en que se emitió el decreto para reformar el artículo 34 de la Constitución que permite el voto femenino en México, hecho acontecido el 17 de octubre de 1953. Y me cae un “balde de agua fría”, porque recibo la noticia de la partida física de Leonor Aída, o como se dice dentro del lenguaje religioso: “se encuentra viviendo su Pascua”, o “regresó a la casa del padre”. Para otras orientaciones más ligadas a la cosmogonía indígena de nuestros pueblos, será: “se trasforma en polvo de estrellas”.

O también, como dijo Juan Sabines, en parte de un soneto que a ella le agradaba y que algunas ocasiones fue remanso de sabiduría y meditación entre nosotras:

“Morir es retirarse, hacerse a un lado,
ocultarse un momento, estarse quieto,
pasar el aire de una orilla a nado
y estar en todas partes en secreto…”

¡Claro que sí! Para una buena parte de las feministas de México, América Latina y el Caribe ella está en todas esas partes. Su grandeza de ser humano no hace ruido, solo deja huella. Se le reconocen sus colaboraciones en la construcción de una sociedad alternativa, frente a la confusión y opresión levantada por los y las defensores del neoliberalismo y el canibalismo de la globalización.

Me pregunto: ¿cómo hacer memoria de la mística y el compromiso espiritual y material de Leonor Aída en esa sociedad donde las y los pobres tiene que ser sujetos históricos? ¿Donde las mujeres en sus esfuerzos de liberación y despertar personal estamos contribuyendo a la conciencia social de nuevo estilo? ¿Cómo pasar a palabras los sentimientos y emociones cuando su sonrisa reflejaba la atención profunda que le prestaba a Las Mañaneras? ¿Como la avidez por la notica nueva? ¿Cómo a pesar de la ebullición y controversias del mundo actual, ella percibía el camino de la esperanza de una buen vivir sustentable e incluyente? Seguramente en días por venir los testimonios de las compañeras que le hemos acompañado en algún tramo de su camino terrestre ayudarán a integrar la historia.

Por ahora, diremos que nació en Chihuahua, Chihuahua un 12 de noviembre de 1933 y que hace su consagración religiosa el 15 de agosto de 1956, cuando tenía 23 años. Se integra a un grupo de educadoras con una propuesta de vida sencilla, pero vital que nos han enseñado con humildad y fe que la libertad humana se fundamenta en el servicio a los demás humanos y humanas por eso su nombre: Hermanas del Servicio Social.

El contexto social, político, económico y religioso de los años treinta mexicano en que nace ella, no era fácil; todo lo que le daba sabor a la vida de la gente de la provincia estaba cambiando. Leonor explicaba que la Revolución y sus nuevas leyes dejó a su familia sin posesiones. Su padre tuvo que ir a trabajar como empleado en otra ciudad, mientras la familia vivía en Chihuahua. Sin embargo, su niñez fue feliz, los asuntos de los mayores no nublaron sus experiencias infantiles.

En ocasiones platicamos que, en esos días, se cerraban escuelas, faltaban maestros o maestras, o bien espacios físicos; se cerraban también las iglesias y los cultos se practicaban en las casas, faltaban sacerdotes y otras vocaciones. Sin embargo, a la niñez se le cuidaba y a las y los adolescentes también. La inclinación religiosa de su madre le favoreció para entrar a la Acción Católica, y el compromiso masónico de su padre la llevo siempre a ser una ávida lectora, inquieta investigadora y controversial analista de la realidad humana.

A los 14 o 15 años se cuestiona sobre su futuro. Como buena conversadora y hospitalaria la escuché decir en múltiples ocasiones que no quería el matrimonio porque eso no le permitiría “ser yo”. Era alta, blanca, fuerte y de lindos ojos, muy buscada por galanes de esa época, y como entendía perfectamente las reglas sociales del momento para las mujeres, no las quería vivir así. Para su suerte, encontró por esos momentos el caminar de una consagrada, Imelda Tijerina. Abreva de su propuesta organizativa, van con los y las campesinas del estado, y las ideas-fuerza de esta consagrada. Un propósito de ir más allá de acciones asistenciales para llegar a la transformación de las estructuras sociales injustas y discriminatorias. Así caminará hasta sus casi 92 años.

Con audacia de novicia y luego de consagrada, desde 1945 hasta 1978 se dedica a estudiar antropología. Se compromete con la corriente de la Teología de la Liberación, estudia y busca entender la organización del Concilio Vaticano Segundo, para dar sentido a la iglesia como organización de los nuevos tiempos. Caminaba con la idea de realizar servicio social dentro de las estructuras de la Iglesia, por ello estuvo en Chiapas en la Pastoral Social Indígena. Sin embargo, no se veía encerrada allí, quería abrirse al mundo y comprometerse con los más pobres y desposeídos. Percibe y vive “el techo de cristal” dentro de estas estructuras, pero no se amedrenta, porque su compromiso con la justicia social fue más grande que los obstáculos.

Con estas propuestas de vida, ya sobre los cincuenta años, busca colocarse entre los sectores de educación y de salud alternativa. Se nutre en Cuernavaca con las propuestas de la belga Betsie Hollants. Admira su trayectoria y los puntos de encuentro entre catolicismo, feminismo y lucha política, que a través de su activismo y como periodista pacifista imprime en sus enseñanzas. Su agrupación nombrada CIDHAL (Centro de Intercambio y Desarrollo Humano en América Latina) dará catedra a muchas de nosotras en la formación comunitaria y los derechos de las mujeres.

A partir de los años ochenta, con un equipaje de experiencias y aprendizajes, da paso a la construcción y diálogo con otras mujeres para practicar el ecumenismo del momento. Se entrecruzan también las demandas de la Cuarta Conferencia Internacional de las Mujeres de Pekín en 1995, y crea la asociación Mujeres Para el Dialogo A.C., con una visión educativa comunitaria, de estudio del feminismo del momento, desde sus bases antropológicas.

Con esa energía, seguridad y afán constructivo que la caracterizaba, busca interrelaciones con las nacientes redes de mujeres de México, América Latina y el Caribe. Nunca deja de estudiar, era prudente pero arriesgada, se apasiona por la economía, la financiación del desarrollo de las naciones, la economía feminista o bien de la economía solidaria. De la política desde las mujeres. En fin, a partir de 1999 la veremos participando y proponiendo trabajos de estudio en la Red de Género y Economía de México, en la integración a la Red Latinoamericana de Mujeres Transformado la Economía, La Red de Mujeres Rurales, la Marcha Mundial de las Mujeres, y el Frente Feminista Nacional. Todas organizaciones propositivas de mujeres comprometidas con un número amplio de grupos de trabajo.

Le gustaban mucho los y las niñas. Con su esperanza cristiana quería que tuvieran una infancia feliz como la de ella, con una inocencia respetada, guiada y comprometida por un mundo mejor. Por Otro Mundo Posible. Amaba a las juventudes inquietas, curiosas y propositivas. A sus ochenta y cuatro años se plantea la necesidad de salir de su “santuario” de Mixcoac. Vemos sus tesoros físicos que son sus libros, muchas fotos; su hermana Virginia Bahena le apoya a la clasificación y yo pude gozar de la selección de ellos en algunos días, tanto que a través de los títulos puedo recorrer su trabajo. Dialogamos sobre los aportes teológicos en sus escritos, su fuerza académica en otros y el avance científico de muchos argumentos.

A partir de 2016 entra en una etapa de recogimiento, y se regresa a Monterrey. Ya no en Lomas, o en el Obispado, busca la casona de Espinosa y Arista, que encierra tantas historias de entrega y compromiso de su congregación. No deja de ver los noticieros, se alegra de los triunfos de Morena y sobre todo de López Obrador. Insiste en las charlas de las tardes que sean sobre los trabajos de la Red de Género y Economía y lee con satisfacción los mensajes de las colegas en mi celular. Sin duda, la siembra de Leonor Aída es abundante en varios sentidos de la vida humana y ha dado frutos, su dinamismo es un faro de luz en estos momentos. La salida del sol por el Cerro de la Silla nos comunica sus aportes y el atardecer por el Cerro de las Mitras nos invita a la reflexión de ese mañana que ya viene cargado de esperanza por los laberintos de nuestro México y las voces y miradas de los pueblos de América Latina y el Caribe.

El vivir con propósito, con su compromiso a la justicia social, por la igualdad sustantiva para las mujeres y las comunidades, con diálogo y reflexión, es sin duda un ejemplo de una mística de servicio y aprendizajes. Algunas de sus hermanas en la fe, con todo respeto, no entendieron en los años noventa, y quizá todavía hoy, ese giro al feminismo, cuando ella decía: “de aquí soy”, “este es mi lugar en la historia”. Sin embargo, su vanguardia dentro y fuera de su congregación se agradece y su travesía es ejemplo para nosotras sus discípulas.