
Monterrey.- En la reciente polémica nacida de un video viral donde una ciudadana argentina (Ximena Pichel) residente en la CDMX, donde insulta furiosa a un policía que le aplicó una infracción por estacionarse en un lugar prohibido, sobresalen dos temas: el primero, la reacción en redes digitales hacia la mujer argentina, quien por cierto llama “negro” al policía, dando lugar a un lichamiento virtual, tanto de ciudadanos como de autoridades, donde la misma presidenta Scheibaum tuvo ya la oportunidad de expresarse sobre el asunto con total repudio hacia la iracunda argentina y sus insultos racistas. Segundo tema, el surgimiento de un nacionalismo mexicano, exacerbado por una serie de eventos similares en distintas partes del país, donde la nota común parece ser el desprecio por parte de extranjeros hacia los mexicanos. Ambos temas se unen en la cuestión de nuestra difícil relación como nación con el vecindario global, misma que está marcada por la ambigüedad, así como por el conflicto que nos causa el recordar nuestra difícil historia, donde el racismo y el desprecio han sido nota fundamental en el trato con otras naciones, en específico con las europeas. Siendo Argentina un país en buena parte de ascendencia europea, causan profunda indignación los insultos proferidos por Ximena Pichel, siendo un eco de aquellos adjetivos dados por los conquistadores españoles a los habitantes originales de estas tierras. Igualmente se escucha en estos desafortunados eventos el eco de las estigmatizaciones inflingidas y auto inflingidas referidas a la inferioridad del mexicano, comparado con el europeo o el anglosajón. Tema tratado ya ampliamente por el poeta mexicano Octavio Paz, en su “Laberinto de la Soledad”. Ambos temas, linchamiento y nacionalismo convergen en una cuestión central: el racismo. Pero además, podemos añadir y aún más importante: se trata de quién o quiénes son convenientes como personas que puedan integrarse a nuestra nación. Michael Walzer, filósofo norteamericano, ha destacado en un libro fascinante (1) dos maneras de construir una nación; la primera es por medio de la consideración de la “sangre”; y la segunda, por la formación del “club”. Como sabemos, los nazis en la Alemania del siglo XX optaron por el primer camino, con la ideología de su líder Adolf Hitler por guía, buscando construir una nación basados en la sangre, la familia o la raza, con las consecuencias que todos conocemos. En el segundo camino, dice Walzer, tenemos la formación de un club. ¿Qué significa eso? Se trata, dice el filósofo norteamericano, de pensar a la nación como una sociedad plural que se edifica sobre la base de una vinculación forjada en la apreciación de ciertos valores y actitudes. Son estas últimas las que definen una sociedad y en un plano mayor a una nación. Raza o club, son dos caminos diferentes que en mi opinión, Walzer ha extraído como una gran lección ética y política de la historia de su propio país. Por nuestra parte, podemos aplicar ese pensamiento a la dura cuestión que nos lanza la ahora llama “lady racista” frente a nosotros y que parece ser un recordatorio del cómo se forjó nuestra nación. Para tal efecto quiero suponer que fue en definitiva el modo del club, antes que la raza. Nuestra primera consitución, en 1824, no habla mucho de derechos humanos, o valores de convivencia, antes bien dicta una iglesia oficial, así como división de poderes; sin embargo, en la visión de los criollos fundadores de la patria, no se encuentra algo parecido, un destino manfiesto, o bien un deseo expreso de dominar pueblos. Si bien recuerdo la concesión a Guatemala, otros países de lo que es hoy Centroamérica, no se da con demasiada violencia o dificultad. El deseo de libertad y los ideales nacionales rebasaron nuestro país y pretendieron llevar esa pasión a otros dominios españoles. Aquí el punto central es el reconocimiento de la libertad política y la conveniencia de crear una nación soberana. El largo camino de nuestro país, hasta la democracia sui generis emanada de la revolución de 1917, así como el turbulento camino hasta la presente cuarta transformación, dan cuenta de lo difícil que ha sido conformar la nación mexicana, como una pluralidad que se ha despojado del peso de la religión católica, del caudillismo, el autoritarismo, que aunque si bien son elementos todavía presentes, es indudable que el mexicano, del norte o el sur, valoran la libertad y la tolerancia. Aun y cuando sabemos que existe un racismo a la mexicana, este no ha ido a parar en genocidios en masa, y si los ha habido, como la matanza de ciudadanos chinos en Torreón durante la revolución, la misma se dio bajo una circunstancia peculiar de malas relaciones con la población local. Pensaremos así que a pesar de todos nuestros problemas existe una nación mexicana y una sociedad mexicana que defienden una convivencia pacífica y rechazan el racismo; por ello, este tipo de actitudes, ya presentes entre nosotros, se aúnen las de los extranjeros que buscan ser parte de este país nos indignen.
Ximena Pichel, por último, es solo una persona que perdió los estribos, pero con ello ha revelado en su escandaloso dislate un fantasma que nos persigue, el fantasma de la ambigüedad y el racismo de una nación que todavía está en proceso de formación, nos muestra un fantasma que los mexicanos debemos enfrentar. Más allá de descalificar a todos los argentinos por la conducta de una sola de sus compatriotas, es hora de perfeccionar nuestras leyes y reglamentos para castigar ejemplarmente a quienes atenten contra la convivencia. Ximena Pichel dice en su defensa: “no me pueden juzgar solo por un momento de ira”, lo cual es cierto, pero sin duda debe hacerse responsable de sus actos. Nos conviene que si hemos de vernos como un club, rechazemos a aquellos posibles miembros que no están dispuestos a mostrar un mínimo de respeto por nuestros valores y nuestra historia, si se trata de personas que vienen con la idea de hacernos un favor con su presencia y tener una actitud déspota como prepotente con los mexicanos, igualmente si piensan que este país es solo un territorio de paso, solo para hacerlo un lugar de descanso o explotación de recursos; no nos aporta nada, es hora de definir con más claridad qué tipo de país queremos y quiénes pueden integrarlo.
(1) Michael Walzer, Las esferas de la justicia, una defensa del pluralismo y la igualdad. México, F.C.E., 2001.