
Mazatlán.- Impensable una nueva guerra contra el narco, cuando fue una de las escaleras de ascenso del obradorismo al poder.
Además, la política de “abrazos no balazos” del presidente Andrés Manuel López Obrador empoderó a los cárteles del crimen organizado, y sus efectos se irradiaron hacia las calles de los Estados Unidos, que como nunca tuvieron drogas de diseño (fentanilo, metanfetaminas).
Sin embargo, la campaña por los votos y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca visibilizó el problema del tráfico de drogas, y señaló en campaña que estaba costando 100 mil vidas de estadounidenses cada año –o sea, más de los que morían en ese mismo periodo en las guerras del sudeste asiático–.
Y eso sensibilizó, seguramente, la conciencia del estadounidense promedio y castigó a la candidata del Partido Demócrata.
“Donald Trump encarna lo que yo quiero para mi país”, decía una mujer blanca del medio oeste; y ese sentimiento lo tenían muchos de los que veían en barrios de Chicago, Filadelfia, Los Ángeles… los efectos destructivos de la proliferación de este tipo de drogas.
Y este segmento de ciudadanos fueron a las urnas para votar por Trump, sumándose a millones que, por razones ideológicas, políticas o económicas, decidieron darle un triunfo rotundo al político neoyorquino.
Aquel triunfo sacudió el estatus quo –véase la locura de las bolsas de valores del mundo–, pero no solo eso, también provocó agendas particulares con sus socios comerciales, y una de ellas fue la declaratoria de guerra a los cárteles mexicanos, a los que elevó a la condición de “organizaciones terroristas”, y como tales deberán, como sucede con Al Qaeda, ser destruidas.
Y este fue un mensaje poderoso para la presidenta Claudia Sheinbaum, que no tenía entre sus prioridades el combate frontal de los cárteles, seguramente veía que estos eran parte de la arquitectura que López Obrador había construido para el primer piso de la llamada Cuarta Transformación.
Sheinbaum estaba, quizás en la lógica de continuar con la agenda convencional frente a sus socios comerciales; sin embargo, el triunfo de Trump y sus mensajes poderosos contra los cárteles fueron cambiando, de menos a más, hasta llegar a una confrontación directa con las organizaciones criminales.
Trump metió presión desplegando navíos espía en las aguas del Océano Pacífico, los cielos mexicanos fueron testigos de la presencia de aviones capaces de capturar imágenes del interior de viviendas del Triángulo Dorado –zona limítrofe de los estados de Sinaloa, Chihuahua y Durango–, pero también reforzó la presencia en México de las agencias de seguridad estadounidenses.
Y fue así como la política condescendiente y criminal de “abrazos no balazos”, empezó a desdibujarse, dejando perplejos a los líderes de los cárteles, que han seguido la estrategia de fuga hacia adelante, generando una atmósfera de persecución y violencia en distintas regiones del país, que ha costado ya la vida de miles de mexicanos, como también ha derruido el mito de López Obrador, de que “en México no se produce fentanilo”.
El problema no son solo los cárteles y su capacidad de producir y distribuir drogas en las calles estadounidenses, sino todo el andamiaje político, para que funciones eficazmente el negocio, es decir, este no hubiera alcanzado los niveles que tiene, de no ser por las complicidades de los políticos con los líderes o intermediarios de los cárteles de la droga.
Y si bien podríamos decir que Trump estaría contento con los resultados de su presión, no es así. Lo ha dicho lapidariamente: que el gobierno mexicano quiere hacerlo “feliz”, blindando la frontera norte, haciendo aprehensiones y deportaciones de capos, destruyendo laboratorios y hasta permitiendo que los agentes estadounidenses colaboren con el sistema de seguridad nacional, los vuelos espía se realicen o los navíos amenazadores naveguen en las aguas del Pacífico.
Pero aun con resultados sorprendentes, la presión continúa, sea desde la tribuna pública, como a través de la diplomacia.
Kristi Noem, la secretaria de Seguridad Nacional de los Estados Unidos recientemente tuvo una entrevista con la presidenta en Palacio Nacional, donde más allá de las cortesías mutuas, lo que dio la nota fue que de regreso a su país declaró que le había dejado a Sheinbaum una lista de peticiones para seguir mejorando la buena relación entre ambas naciones.
Y la presidenta Sheinbaum no salía de su asombro cuando vino el bombazo de los aranceles, que si bien México y Canadá no aparecen en el listado de países que dio a conocer el Trump para superar el déficit comercial de su país, esto fue porque antes de esa comparecencia frente a los medios de comunicación ya se había definido para sus socios comerciales, es decir, se cobraría un arancel del 25 por ciento al acero y el aluminio, lo mismo aquellos productos que no están bajo el techo del T-MEC, que representan aproximadamente el 50% de las exportaciones de México al país vecino.
En definitiva, la presión de Trump sobre México ha cambiado el estatus quo y opera la lógica de negociación de si el “adversario cede a la primera, puedes seguir presionando y obteniendo mayores beneficios”.
Esa es la realidad, en medio de una narrativa anticrisis, que busca vender la idea de que las derrotas son triunfos y las pérdidas son ganancias.
Y llega el momento de recoger los platos rotos.