RODRIGUEZ29112024

La derecha, de mal en peor
Filiberto Pinelo Sansores

Mérida.- La derecha no ha encontrado una mejor calumnia para atacar a los gobiernos de la 4T que acusarlos de “narcogobiernos”. No ha dejado de usar este infundio para intentar desacreditar, ante los ojos del pueblo, primero al gobierno de AMLO y ahora al de Claudia Sheinbaum. Nadie, por supuesto, le cree. La prueba es que ambos gobiernos fueron creciendo en la estima popular a niveles cada vez mayores.

Sus lenguas viperinas no dejan de arrojar veneno. Después de que sus gobiernos, tanto del PRI como del PAN, ayudaron a las bandas de narcos a crecer hasta niveles que les dieron el poderío que muestran y hacer muy cruento y difícil su combate, ahora culpan a los gobiernos que recibieron esta herencia maldita, de no haber podido terminar con ellas, pese al esfuerzo gigantesco que están haciendo, y que está a la vista de todos.

La Cuarta Transformación prácticamente partió de cero en la tarea de pacificar al país. Había una policía federal con 20 mil miembros operativos para todo el país, ayudada por el Ejército y la Marina que participaban, pero al margen de la ley porque la Constitución, expresamente, lo prohibía; aquella fuerza policial no tenía, tampoco, las condiciones adecuadas para actuar pues sus miembros eran hospedados en hoteles o al aire libre. La corrupción anidaba en su seno desde que fue creada por el capo García Luna.

El combate al crimen organizado fue emprendido por el gobierno de López Obrador con un plan que, quieras que no, comenzó a dar resultados porque involucró no sólo medidas coercitivas sino, fundamentalmente, creación de condiciones sociales mediante programas dirigidos a la juventud para evitar que esta cayera en las garras de los narcos.

Este plan se vio obstaculizado por un factor de mucho peso en el combate a la delincuencia: la podredumbre del Poder Judicial que se constituyó en una especie de puerta giratoria para los delincuentes que podían pagar el precio de la “justicia” y regresaban a las andadas.

Ante los ojos de la nación, los dos gobiernos, el de AMLO y el de Claudia, han llevado a cabo una lucha a fondo por acabar con el flagelo de la violencia y disminuir, lo más que se pueda, el tráfico de estupefacientes, tanto dentro de nuestro país como el que las lleva hacia Estados Unidos. Los únicos que no ven esto –porque no les conviene– son quienes, de algún modo, forman parte del problema: las fuerzas desplazadas del poder, representadas, fundamentalmente por la mancuerna PRIAN cuando el pueblo se cansó de soportar sus pésimos gobiernos.

Es un hecho que el proceso de pacificación del país ha venido de menos a más. Y es un hecho, también que el gobierno de Claudia tiene hoy mejores condiciones para realizar la tarea que cuando AMLO la inició, prácticamente a partir de cero.

La continuidad de ambos gobiernos es una consecuencia de la aceptación de las grandes mayorías de que estamos viviendo una auténtica transformación que sería absurdo romper, y que, por el contrario, es necesario fortalecer. Es por eso que se están estrellando todos los intentos de los adversarios de poner al pueblo en contra de su gobierno.

Sin embargo, la tarea es tan grande como la que realizó Hércules cuando asumió la de limpiar los Establos de Augías. Estos fueron famosos en la mitología griega por ser el escenario de uno de los trabajos más ingeniosos del semidios. El rey Augías gobernaba en la región de Élide. Sus dominios poseían inmensas extensiones que albergaban miles de cabezas de ganado, lo que los hacía inmensamente ricos; nada más que, también, inmensamente sucios y apestosos. Se decía que no se habían limpiado en más de 30 años, acumulando una cantidad descomunal de estiércol.

¿Cómo lo hizo? En lugar de limpiar a mano, desvió el curso de dos ríos (el Alfeo y el Peneo) para que pasaran por los establos y los limpiaran en cuestión de horas. Sólo que el héroe tenía poderes divinos que ni AMLO ni Claudia tienen.

Y es que los gobernantes del PRIAN fueron siempre una especie de Rey Midas, al revés: pues mientras el rey de la mitología griega todo lo que tocaba lo convertía en oro, los gobernantes del pasado neoliberal, todo lo que rozaban lo volvían excremento, lo echaban a perder. Dejaron al pueblo la podredumbre que produjeron mientras se robaron la lana pudieron.

Sólo así se explica que hayan hundido a la paraestatal Pemex, no obstante la riqueza que produce el petróleo en todos los países que lo poseen. Solo entre 2008 y 2018, con Felipe Calderón y Enrique Peña Nieto, una década, la deuda de Pemex se incrementó en casi 130 por ciento, al pasar de 43 mil 300 millones de dólares, a 105 mil 800 millones. Esa es la carga que ahora, los gobiernos de la 4T han tenido que soportar para levantarla.

Ahora, este gobierno está en la ruta de volverla a poner al servicio de la nación mediante un Plan Estratégico dado a conocer el pasado martes 5, con la participación de los titulares de varias dependencias, entre ella la Secretaría de Hacienda, la de Energía, la Dirección general de Pemex, la de Banobras y otras, que permitirá que la principal empresa del Estado supere la postración a que fue llevada por los corruptísimos ladrones que, en mala hora gobernaron al país, los que, además, cínicamente, junto con la derecha recalcitrante de la iniciativa privada enemiga tradicional de las empresas del Estado, a más que los periódicos de la llamada “Gran Prensa”, todos los días exigen que la paraestatal se venda.

El plan tiene viabilidad productiva y objetivos claros: a) producción estable en 1.8 millones de barriles por día, b) mayor producción de petrolíferos de alto valor, c) relanzamiento de la industria petroquímica, d) rehabilitar infraestructura logística para reducir costos y fortalecer el combate al comercio ilícito, e) aumentar la producción de gas natural, f) incorporar nuevos yacimientos, g) impulsar energías verdes y h) garantizar justicia social con proyectos que involucren a las comunidades.

Después de la expropiación por el general Lázaro Cárdenas en 1938, el rescate de hoy será como una segunda y definitiva expropiación petrolera, a condición de que la nación jamás vuelva a caer en las garras de la derecha, sea el disfraz que tenga.