RODRIGUEZ29112024

El rey naranja en la ciudad espectacular
Adrián Lozano Garza

Monterrey.- En el reino del ‘Nuevo Nuevo León’, la ‘paciencia’ —esa que el gobernador nos exige desde cada espectacular mientras la ciudad colapsa— la debemos poner en práctica para que se completen las obras que vestirán al más grande espectáculo deportivo del mundo, no para asegurar los derechos de la ciudadanía. Y digo ‘debemos’ anticipando las ideas que pasan por debajo de la corona.

¿Cuál corona, se preguntará usted?

Y es que para quien haya pasado inadvertido, el emblema del gobierno de Nuevo León, del republicano, cuenta nada menos que con una corona.

La sociedad regiomontana toleró, quizás pragmáticamente, que en los 40s del siglo pasado oficializáramos al león coronado en el escudo. Era un “fósil heráldico”, una explicación acaso del origen del nombre del estado. Hay otros símbolos: las chimeneas de la industria, el Cerro de la Silla, las abejas, el templo de San Francisco... hasta un naranjo en fruto. El escudo completo nos pareció bien entonces, o más probablemente, nos fue indiferente.

Pero, ¿nos parece bien ahora? El Nuevo Reino de León perdió el “reino” en su nombre, se sumó a la República, pero el gobernador actual elige precisamente al león con corona. En el reino del nuevo Nuevo León, el poder que se pretende novedoso recicla las peores prácticas del pasado, envueltas, eso sí, en un brillante y omnipresente color anaranjado. ¿No es esa corona una señal más de quién quiere ser y cómo piensa?

Examinemos la tragicomedia
El primer acto es, cómo no, una corona a la ignorancia. Que el león en el emblema ‘naranja’ mantenga la corona es ya bastante, pero que ahora, el gobierno de Guadalupe, otrora “pueblo de indios“, ostente también una corona en su logo, constituye una pequeñez política que solo puede ser resultado de una rampante ignorancia de la propia historia. Y parece ser que Héctor García advierte perfectamente su pequeñez política, nos lo revela con la aspiración en su lema: “Seamos grandes”... queda claro que conoce su presente.

Esta visión monárquica, antidemocrática, no es un desliz estético sino una declaración de principios. Es la prueba de un entendimiento malversado sobre lo que es gobernar. Para muestra de esta visión, solo hace falta observar el ímpetu del otro con la coronita, el gobernador mismo, cuando se trató de promover a Mariana Rodríguez para puestos de representación popular. Para los que ponen coronas en los emblemas de gobiernos republicanos, el poder debería heredarse. Quieren ser dinastías.

El segundo acto se desarrolla en el paisaje urbano, siempre secuestrado. Los muretes, las bardas y los edificios ya no son simples estructuras; son el soporte físico para el interminable despliegue publicitario del partido en el poder «y sus logos con coronas». El problema ya no es solo la contaminación visual de marcas saturando el panorama y reduciendo nuestra posibilidad de disfrutar el paisaje de montañas que sobrevive. No, lo peor es que se trata del partido que gobierna monopolizando el espacio público con su color de marca.

Y sí, de marca, porque toda su lógica es de marketing, no de movilización ni de ideología política. Su ‘Nuevo Nuevo León’, y su insistente invitación a que nos pongamos nuevos para el mundial, es para que completemos la postal turística con una macroplaza impecable, con el paseo Santa Lucía, Fundidora y los alrededores del estadio BBVA bonitos, todo lo demás igual, no importa. Tu tiempo de traslado peor, la calidad del aire irremediable, los ríos y arroyos contaminados y canalizados con concreto, no importa nada más que el mundial. Es una narrativa hueca, vendible para turistas y reforzada por informes de gobierno entregados ‘en tiempo y forma’ que priorizan la publicidad sobre la realidad.

A partir de este trienio, las siguientes administraciones se apropiarán de los nuevos espacios en los que orinan con pintura naranja, incrementando la gastadera que nos endilgan para imponer la presencia del nuevo gobierno y, de paso, facturarle a algún conocido por subcontratar rotulaciones y señalética. Todo nuevo cada tres años, un ciclo de despilfarro para que quede claro de quién es el municipio. Hoy, Guadalupe “le pertenece” al autopretendido rey García, que desde que asumió se le nota que disputa la corona mayor.

Lo que nos lleva al acto final, aún por resolverse: “Si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”. En un país que refrendó su rechazo a la monarquía y con ecos de “reyes no” resonando desde el norte, bien valdría la pena quitarle al escudo del estado la corona para dejar solo al león. A ver qué hace Samuel.

¿Cómo evitar que la posesión, la visión monárquica y la lógica de marca sobre los bienes comunes y la cultura lleguen a los puestos de representación popular?

La pregunta, con amargura, se responde sola: depende de un pueblo, de uno que se vacíe de esas ideas. Una tarea titánica para una ciudad sometida a la sacralización del trabajo, que consciente la opresión y el malvivir en pro de la productividad de los Garza Sada, de los Zambrano, de los Fernández y sus primos.

La ciudadanía, generación tras generación, ha comprado la ilusión de un progreso cada vez menos vivible, naturalizando un modelo que elige a gobernantes enanos que se ponen corona y que, además ahora son los nuevos ricos en disputa con las élites económicas.

Desde aquí le recomiendo a quienes gobiernan un estado o municipio republicano con corona en sus emblemas, se aboquen a borrarlas y nos eviten la pena a la ciudadanía y al país, ahora que están tan apresurados por embellecer la ciudad.