
Puebla.- En los mismos días en que se difundió la vida de Sandro Castro, nieto de Fidel, se retiraron de la colonia Tabacalera las esculturas del abuelo y de su compañero de proyecto revolucionario, Ernesto Guevara. Una casualidad, pero también una oportunidad para la reflexión.
Hay dos polos para ver el lugar histórico de Fidel Castro y Ernesto Guevara. Por un lado su propia narrativa, sus ideas y proyectos. Por otro, sus resultados.
Si nos quedamos en el primero, sin duda hay que considerarlos grandes próceres. Lucharon por una sociedad sin desigualdad ni explotación, tanto al interior de las naciones como en el trato entre ellas. Se propusieron construir un “hombre nuevo”, moralmente muy superior al “hombre viejo del capitalismo”.
Si vemos sus resultados, la conclusión es muy distinta. Miles de muertes, sea en conflictos armados, sea por ajusticiamiento de sus adversarios. Un sistema político autocrático e ineficaz para satisfacer las necesidades más básicas de la población. Cuba es uno de los países que tiene los índices más altos de expulsión de población.
Argumentar que la causa no está en el sistema cubano, sino en el bloqueo de Estados Unidos es olvidar que la revolución de Castro se hizo contra ese país. Que expropiaron las propiedades de ciudadanos norteamericanos. Que amenazaron y humillaron a la nación estadounidense al colocar en su territorio misiles con capacidad nuclear (con lo que dieron lugar a lo que se considera el momento más cercano a una guerra nuclear).
Nadie puede ser juzgado por lo que hacen sus nietos. Pero la vida de lujos y ostentación de Sandro, el nieto de Fidel, que se ha hecho pública recientemente, parece ser un buen símbolo de la situación de Cuba y países con sistemas similares (Corea del Norte, Nicaragua, Venezuela): una élite política con un nivel de vida similar a la de cualquier aristocracia capitalista, en medio de una población brutalmente depauperada.
En México estamos lejos de eso. Pero hay que tomar nota de las lujosas vacaciones de nuestros políticos que militan en un partido que ha hecho elogio y ostentación fallida de la austeridad franciscana.
No hay que creerle a la gente lo que dice, sino lo que hace.
La semana pasada un grupo oscuro, en más de un sentido, vandalizó la librería Julio Torri de la UNAM. Tengo el privilegio de haberla visitado varias veces, de constatar su personalidad única, y de haber encontrado ahí más de alguna joya bibliográfica.
¿Y las librerías en Cuba? Nada que ver. No hay ahí nada que vandalizar. Y ahí la dejo.