
Monterrey.- Un cuerpo cósmico a la deriva en el espacio es como un borracho sin GPS, un viajero eterno sin rumbo transitando por un camino hecho con la estela que deja su andar imaginario. Esta analogía encapsula la confusión y la desorientación que muchos hemos experimentado en algún momento de nuestras vidas. En una era en la que la tecnología se ha convertido en una extensión de nosotros mismos, perder esa guía puede ser desastroso y aterrador; prácticamente, desquiciante.
Imaginar, es una pequeña pero profunda manifestación que enlaza las conexiones entre lo real y el espejismo en el que nos desempeñamos a diario. Son limaduras que el áspero devenir arranca constante y suavemente de nuestro ser. A veces la superficie del alma se pule, otras; la hiere hasta extinguir su resiliencia. Es reflexión pura sobre la naturaleza, sobre la unidad esencial del espíritu, una mirada entre la fuente de vida y su manifestación. Esta relación entre consciencia y existencia se manifiesta en un todo como el fenómeno indisoluble que mueve el universo y fabrica eso que llamamos tiempo.
La música, la pintura, la poesía, entre otras formas de creación artística, son, si no una parte, sí, un reflejo de su creador, la mejor forma de su expresión que, sin reparar en dilación, alude a lo que quiere mostrar en forma de metáfora: sin referirse a ello de forma particular ni directa ni específica; solo espontánea para hacerla sentir azarosa e inconexa.
Se exploran los principios que rigen el cosmos, el adentro, el afuera y el absoluto. El arte se presenta como una forma de expresión que permite al ser humano conectar con su esencia y su entorno, sugiriendo un panteísmo donde cada fragmento del universo busca acomodarse, acoplarse, encontrar un lugar y entender que todo está ahí, claro, seguro, fantástico; y que solamente lo puede uno mirar cuando cierra sus ojos.
Sentirse como un borracho sin GPS no solo sugiere una pérdida de dirección física, sino también emocional y psicológica. Parece que todo girara sin detenerse; hasta que nos detenemos nosotros mismos y ponemos un pie sobre la Tierra, como si nos bajáramos parcialmente de esa alucinación que nos arrastraba sin tocarnos y que se había gestado en el centro profundo de nosotros mismos.
La desorientación puede llevar a sentimientos de ansiedad, inseguridad y vulnerabilidad. En el ámbito profesional, puede manifestarse como duda en la toma de decisiones o falta de claridad en los objetivos. En el ámbito personal, puede generar conflictos internos y dificultades en las relaciones interpersonales, existenciales y hasta en la misma identidad. El movimiento recursivo y sostenido, solo alimenta la aberración del espejismo. Pero: ¡Alto!, puedes poner un pie sobre la Tierra.
La idea de la disidencia como un acto de resistencia frente a las ideologías dominantes y el control social, es un gesto de libertad, una muestra de poder, una afrenta a todos los miedos, una muestra de control que la mayoría lamenta haber perdido. Sin embargo, es esa misma rebeldía la única forma concreta de recuperar nuestra dignidad humana, replantear la pregunta que desafía nuestra comprensión, pero que al mismo tiempo, forja la organización que nos define: nuestra pasión.
En un mundo donde el ego y la ambición han llevado a la humanidad a conflictos y guerras, la disidencia se convierte en una herramienta necesaria para cuestionar el statu quo y buscar una nueva forma de existencia. La lucha por la libertad y la justicia se presenta como un hilo conductor a lo largo de la historia humana, donde la búsqueda frenética de un significado mágico que lo resuelva todo y conecte con todo, es fundamental.
La adaptabilidad es una cualidad crucial para navegar sin un GPS. Ser capaz de ajustarse a nuevas circunstancias y encontrar soluciones creativas ante los desafíos es vital para superar la desorientación. La resiliencia y la capacidad de aprender de las experiencias pasadas nos permiten avanzar con confianza, incluso cuando el camino no está claro. Simplemente, lanzarse osadamente a lo desconocido y arriesgarse a mirar. No es un salto de fe hacia el universo desconocido, sino hacia el sí mismo olvidado.
Ascender siempre consume más energía y recursos que dejarse simplemente arrastrar por el flujo de las corrientes del caos y la turbulencia, pero ¿a quién le importa? Eso es asunto de cada uno. De su esencia vivencial, de su experiencia y del concepto que tenga de sí mismo.
Como el universo que se expande y contrae, nuestras vidas palpitan en constante cambio, a menudo más allá de nuestro control. La incertidumbre y el caos pueden parecer nubarrones abrumadores, pero también conforman un latido de existencia que se extiende como karma en el mantra sagrado que resuena en silencio.
Al igual que las estrellas que nacen y mueren a pulsos astronómicos, nosotros también atravesamos fases de iluminación y oscuridad. Diástole y sístole conforman el sentido ondulatorio de la perpetuidad, pero encontrar sentido en medio de este ciclo eterno puede ser un desafío inalcanzable, sin embargo, es en estos momentos de introspección donde a menudo descubrimos nuestras mayores fortalezas. La capacidad de abrazar la incertidumbre y encontrar belleza en el caos puede llevarnos a comprender nuestra propia entropía y del mundo la naturaleza.
¿Qué sucederá cuando resolvamos el enigma y recuperemos el sentido? ¿Qué sucederá cuando despertemos…? Seguramente nada, o pretenderemos que aún seguimos dormidos, que no queremos despertar, que nos negamos a reconocer que todo es un sueño.
Finalmente, esta narrativa concluye con una reflexión sobre la necesidad de desintoxicarse, eliminar creencias y prejuicios que limitan la percepción de la realidad. La autoobservación se presenta como una práctica esencial para navegar en un mundo en constante cambio, permitiendo a los individuos mirar y encontrar su verdadero propósito, su conexión con el universo. La entropía y el movimiento son vistos como fuerzas que, aunque a menudo generan caos, también ofrecen oportunidades para la renovación y el crecimiento personal.
La idea de que el creador y lo creado son lo mismo nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de nuestra percepción de la existencia y nos motiva a actuar con mayor responsabilidad y conciencia, pero sin despertar, seguir obnubilaos en esta búsqueda perpetua de sentido y de renovación obsesiva marcada por la entropía y el movimiento que nos impulsa a preguntarnos sobre el verdadero alcance de nuestra evolución.