
Monterrey.- José Antonio Martínez Sánchez (1956-2020) era un convencido de que la ‘participación ciudadana’ en los asuntos públicos transita y se nutre, invariablemente, en los procesos característicos de la Educación Popular (aprender haciendo, enseñar con el ejemplo, desde los saberes propios); y de cuyo originario cariz religioso no desconocía y mucho menos negaba. Como actor ciudadano experimentado Toño sabía del latente potencial de solidaridad humana y cívica que concita la vivencia religiosa; y aunque él no era un practicante de la fe católica, sí era muy respetuoso de ella y de todas las confesiones.
Ello no significaba que considerara al ámbito de actuación religiosa en términos programáticos y utilitarios para ganar simpatías y beneficios hacia las causas de la Sociedad Civil; todo lo contrario, lo veía como una vía prevalente de ‘dignificación humana’, de moralización del quehacer colectivo, cívico y político –no solo desde el exclusivo código católico–, siempre en beneficio de las mayorías desfavorecidas. Lo cual se podría traducir con la siguiente premisa: ‘Hacer el bien de forma correcta’.
Esa podría ser una síntesis de la labor y compromiso de Toño Martínez: dignificar a las personas y comunidades desvalidas, indefensas o pisoteadas a través de acciones acordes con los principios y valores democráticos de compromiso político y social empeñados. Y que claramente se contrastan con las reiteradas narrativas y prácticas partidistas empapadas de maniqueos y artificiales discursos “moralizantes” (de mejoría) de la vida pública. Actuaciones partidistas que se concentran y desgastan en acusaciones mutuas de actos indebidos y hasta ilegales, pero cuyos efectos inesperados en la ciudadanía son los de banalizar el perfil de todo líder y candidato, y de asquear al votante (cliente) promedio.
Es por ello que para Toño la labor de promoción de la participación ciudadana se trataba no sólo de reivindicar y dignificar a la persona humana y a las comunidades de ciudadanos –no de clientes– sino que también, para hacer esto, se debería reivindicar a la misma labor de trabajo colectivo y de acción cívico-política democrática que se encamina hacia esos objetivos.
Era así que el compromiso de Toño también se dirigía hacia el ennoblecimiento de las formas y prácticas políticas de la participación ciudadana, para distinguirla de las cuestionables prácticas de la desvirtuada política partidista; y así hacerla atractiva para la gente como una vía alternativa viable y realista de acción sociopolítica, ya que en las comunidades y barrios es muy difícil que alguien de los suyos pueda “engañar” o “engatusar” a los demás, tratando de venderles cuentas de vidrio y espejitos de bondad, bienestar y prosperidad, por medio de una imagen prefabricada y plastificada de intachable estatura moral, pues todos se conocen.
Toño apostaba por una política hecha por ‘gente real’ que conoce de sus virtudes y defectos, de sus alcances y limitaciones, de sus logros y fracasos; todos los cuales fueran puestos sobre la mesa a vista de todos, pero sin maromas retóricas y acompañados de mecanismos abiertos de rendición de cuentas.
Hay tradiciones indígenas que conciben que los antepasados fallecidos siguen actuando y trabajando entre los vivos. Y a cinco años de tu muerte, mi Toño, sigo tomando esto con la seriedad que reviste. Es cuanto.
¡Va un abrazo!
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