
Pachuca.- El 1° de julio de 2018 se produjo un acontecimiento inédito para la política y la democracia mexicana, aun no aceptado por algunas personas, la alternancia presidencial para una fuerza opositora denominada de izquierda.
Las campañas electorales empezaron con un amplio déficit de credibilidad, los órganos electorales todo el tiempo estuvieron en la mira crítica y desconfiada de la ciudadanía. Las estrategias de odio y discriminación contribuyeron a conformar una polarización real, existente en la sociedad mexicana. Muy pocos pudieron eludir la toma de partido.
Lo que se veía difícil y casi imposible una respuesta casi unánime ante los nefastos efectos de las reformas estructurales y el neoliberalismo se fue procesando lentamente. Las brutales consecuencias de ahondar la pobreza y la exclusión apuntaban a una fragmentación y dispersión del voto, apostaban a la pérdida de las identidades y la destrucción del tejido social: a la desciudadanización y a la despolitización de amplios sectores.
A diferencia del 2000 que se dio alternancia no solo había hartazgo sino también enojo e ira social. A esto se sumó que el 80% del electorado manifestó que no votaría por el PRI, lo que se traducía en un sentimiento generalizado por el cambio de régimen, se estaba produciendo una clara decadencia de los partidos tradicionales. Las redes sociales traslucían un repudio generalizado a las instituciones y partidos políticos.
En la etapa preelectoral de las elecciones presidenciales de 2018 se estuvieron reconfigurado las fuerzas políticas en pos de conformar alianzas y posicionarse ante el electorado, resultado de elecciones locales en 2016 y 2017. Mientras el partido gobernante fue perdiendo bastiones, PAN y PRD, de derecha e izquierda, nuevamente intervinieron con candidatos coaligados, alcanzando fuertes triunfos en ocho entidades federativas.
Las encuestas preelectorales empezaron a registrar una corriente de opinión espontánea e imprevista que rompió con todas las expectativas. El pre candidato a la presidencia Andrés Manuel López Obrador, quien lideró la ruptura de la izquierda se colocó pronto en el primer lugar de las preferencias con el 43%. Por tercera vez, se presentó a la lisa electoral. Los meses siguientes mantuvo una ventaja inusitada.
El PRD, la izquierda tradicional ante la caída de su voto se tuvo que plegar al PAN y MC que presentaron la alianza “Por México al frente” encabezada por Ricardo Anaya, una coalición que si bien en elecciones locales había resultado exitosa en la campaña nacional hizo agua y se fue desfigurando hasta perder todo tipo de identidad política.
Ante una adversa y violenta campaña de odio y con diversas estrategias mediáticas, AMLO pudo encauzar el descontento, la ira social y la insatisfacción social de los mexicanos. Con una campaña de amplias alianzas con los sectores sociales, atrayendo a fuerzas y actores políticos variopintos en una “cargada” sin igual y manejando un discurso enfocado en la lucha contra la corrupción fue cautivando a un público amplio.
De tal suerte, que el descontento y la ira social fueron encausándose hacia una nueva fuerza social y política que apostaba a reemplazar un régimen político mermado, cuestionado y sin respuestas.
Los resultados electorales, en favor de AMLO y su amplia coalición social y política, marcaron el triunfo de un proyecto de nación, de manera inédita abrió el escenario hacia una nueva etapa de transición y consolidación política en México. La expectativa cumplida es el cambio en políticas públicas y reformas en el gobierno y la administración pública con una visión distinta en cómo aplicar recursos, un nuevo diseño de políticas para el crecimiento y desarrollo, que no a todos ha gustado, lo cual es normal en la política.